El proyecto para la ejecución del Jardín de Cactus resultaría arduo, pues, aunque se empezó a hablar del mismo en la década de los sesenta, no se culminaría hasta el año 1990. En efecto, la década de los sesenta marcaría un antes y un después en el patrimonio insular, ya que fue en 1966, al regreso de una estancia en Nueva York, cuando Manrique se decidió a explotar la singularidad natural de Lanzarote, potenciándola a través del arte. Esta determinación generaría posteriormente una posibilidad de explotación turística del patrimonio lanzaroteño, y a partir de ese momento empezaron a concebirse obras icónicas para la isla, como los Jameos del Agua, el restaurante El Diablo, el Monumento al Campesino o el Mirador del Río.